Blonde. Por Trini Moliterno

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Blonde. Por Trini Moliterno

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” Todas las partes del cuerpo no son valoradas emocionalmente en el mismo grado. Acerca del cabello, los trozos de uña y otras cosas parecidas, uno no tiene sentimiento ya que su pérdida pertenece al ciclo de la renovación”
J.M. Coetzee, Diario de un mal año. 

No era linda de chica. Sólo un pelo bonito. No tuve cara, ni cuerpo, ni alma. Perdí mi nombre. Shirley Temple para mi abuelo. Ricitos de oro para las maestras. El pibe Valderrama para mis compañeros de primaria. Mamá parió una bola de pelos rubia. La envolvió para regalo con un moño blanco. Murió al encontrar piojos. Revivió al desparasitarme y dejarme pomposa. Su tortura consistió en desenredarme. Dice que mi abuela la peinó hasta su boda. Terminó comprándose un perro maltés.

1968. Jane Fonda protagoniza Barbarella, la venus del espacio. Barbarella es capturada y condenada a morir en una máquina inventada por el sabio loco que asesina a través de orgasmos intensos. La melena de Fonda en la máquina flamea, se mueve al ritmo de sus jadeos.

Mitología familiar: el día de mi parto, el obstetra piropeó un rulo ensangrentado pegado a mi nuca. Mamá lo guarda en un sobre en el cajón de los pasaportes. Imagino una horda de madres en un aeropuerto haciendo check-in con el cabello de sus hijos. Salí dos años con un cordobés. Para él era la leona. Comía mí pelo. Escupía hebras al hablar. Nos lo pasábamos de boca en boca al besarnos. Cortaba nuestras lenguas. Cuando se fue del país, le entregué una carta. Atrás, un mechón de pelo pegado con cinta scotch. Su amuleto, para que lo guardara en la mesa de luz de algún hotel en lugar de la biblia. Volví a saber de él, pero no de ese trozo mío. El pelo no corre el destino de los boletos de subte. No sirve como índice de un libro.

1963. Brigitte Bardot es Camille en Le Mépris. La Bardot vestida con sábanas y su peinado sex kitten, una cascada voluminosa cayendo de lado. En la primera escena, Camille mantiene un diálogo amoroso con Paul. Ella le pregunta si le gustan diferentes partes de su cuerpo. El responde que sí, todo. Ella concluye que, de ser así, la ama entera. No le pregunta por su pelo.

Para el italiano era Medusa. Cogía con mi pelo. Era experto en doma de rulos: mi cabeza sobre su bragueta, masajear, hundir, ensortijar. Agarrar un bucle. Jugar a meter la pija adentro. Envolverla, frotarla, desarmar cada curva. Su pija era una planchita caliente practicándome un alisado japonés. Para mi chico soy Rubiales. En Bogotá, el rubio descubre la existencia de Pacific Rubiales, una compañía canadiense de exploración y producción de petróleo y gas natural. Desde ese día, soy Atlantic Rubiales, una compañía argentina de exploración y producción de su yacimiento. A él le gusta olerlo, limpio o sebáceo. Acaba en mi pelo. Su leche es una laca. Enreda y endurece mis rulos. Los seca como el sol después de sumergirlos en el mar.

1974. Gena Rowlands interpreta a la ama de casa de A woman under influence. Las ondas de Gena. Su recogido desprolijo, algunos rulos sueltos, crispados, tiemblan como su cuerpo mientras increpa gente por la calle y les pregunta la hora.

2007. Muere de cáncer la madre de un amigo. Días después, me invita a su casa y descubro una habitación repleta de cabezas de maniquíes y pelucas. Pelucas por todos lados, en percheros, colgando de las en las manijas de los armarios y ventanas, en el suelo, salidas de los cajones. Mi amigo me dijo que la peluca de Jessica Rabbit me quedaría hermosa. Que podía llevarme cualquiera. Que en unas semanas las iba a vender a un cotillón. Cuando enfermé, me preocupé por la supervivencia de mi pelo. Fantaseé con su caída. Me ponía una gorra de natación en casa y me miraba al espejo. A la mañana, controlaba si había restos en  la almohada. Sí encontraba, los ponía en un frasco. Una alcancía: ahorrar en pelo para un postizo pura sangre. 

1941. Veronica Lake es Sally Vaughn en I wanted wings. Lake canta con una vestido blanco largo y su peinado platino, el misterioso peekaboo que ocultaba un ojo.

El corazón tiene memoria. A una mujer de 35 años se le trasplantó el corazón  de una prostituta muerta. La trasplantada era frígida. Desde ese día, deseaba coger todas las noches y masturbarse 3 veces al día. Se aficionó al porno y al striptease. Posteriormente, descubrió la profesión de su donante. Pensé en vender pelo para ganar plata. A dos cuadras de la peluquería, me arrepentí. Vender pelo es donar un órgano. ¿Quién usaría mi peluca? ¿Se comportaría como yo? Pienso en todos mis muertos. Un mundo donde dejen sus cabelleras de souvenir. Donde se los rape como a los recién nacidos. El pelo de mi abuela para ir a trabajar. El de mi tía para salir. El de mi novio para acariciarme. No sé  al lado de quien voy a morir, pero me gustaría que exija mi cabello, lo peine cuando se sienta solo, lo coloque en una urna y ponga mis cenizas en un reloj de arena. 

 

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